D de Depresión

“Puede que las respuestas a muchas preguntas no estén aquí. Sino ahí arriba. En el Sol” Por Adolfo D. Lozano

Piensa en ese Sol que acecha tímido por las calles al comienzo de la primavera que, aun esquivo, acaba alcanzando tu rostro por momentos. En ese Sol en verano que te cubre en la playa. O incluso en esos rayos que al amanecer te despiertan inundando tu habitación. Reconócelo, el Sol es como ese trozo de chocolate que el médico te ha prohibido. Consumirlo es un acto de placer. Y bien pensado, la comparación con las prohibiciones médicas nunca podía haber sido mejor. Décadas de campañas fotofóbicas hasta la extenuación han conseguido que consideremos tomar el Sol como un acto de rebelación contra la Santa Madre Medicina. Y es que sí, desde al menos los años 50 una particular pero efectiva alianza entre la industria cosmética, el mundo dermatológico y la medicina oficial han actuado de un modo inquisitorial para censurar prácticamente toda exposición solar. No es raro pues que tomar el Sol muchos, la mayoría, lo asocien con cáncer y mortalidad, ello a pesar del placer que nos provoca. Y en suma acabemos inconscientemente comparándolo casi con el tabaco: admitimos el placer que nos proporciona a pesar de que creemos saber de su nocividad. Tal el estado de absurdo y desquiciamiento que sufrimos a la hora de valorar el Sol.

Pero esa sensación de placer y bienestar al recibir rayos de Sol, aunque les pese a todas las confabulaciones fotofóbicas, puede que sea una respuesta natural que reside en nuestro ADN incluso antes de llegar a ser humanos. El Sol actúa como un opiáceo liberando beta-endorfinas o serotonina porque los seres humanos, sí, estamos diseñados para ser consumidores de Sol. Hoy sabemos que diversas hormonas involucradas en el bienestar -como la serotonina, sustancia orgánica por antonomasia de la felicidad- pueden ser generadas no sólo en el cerebro, sino incluso en la piel.

Nuestros ritmos biológicos, también llamados ritmos circadianos, están en gran medida gobernados por el Sol. Desajustar por completo estos ritmos, como cualquiera puede entender, es altamente perjudicial a largo plazo. Es por lo que, por ejemplo, los astronautas intentan recrear en el espacio horas de luz y horas de oscuridad como si disfrutaran del poder regulador del día y la noche en la Tierra; de este modo, mantienen una normalidad en los ritmos biológicos. Hoy la ciencia considera que además no sólo tenemos un reloj interno sino, al menos, dos. Aquél que es regido por los ritmos del día y la noche y otro reloj interno neuronal con unos horarios dirigidos por el cerebro. Cuando ambos relojes están en desacuerdo, esto es, marcan horas bien distintas, nos sentimos mal. Ni más ni menos, esto es el jet lag.

Ahora pensemos en otra cosa que genera el Sol. Algo bien conocido por todos. Si estabas pensando en la vitamina D, estás en lo cierto. Y es por lo que el Sol se empleaba en el siglo XIX como terapia contra el raquitismo: al generar vitamina D en la piel, tomar el Sol fortalece los huesos. Pero la vitamina D, a decir verdad, va mucho, mucho más allá. Son muchos los expertos que han relacionado los niveles de vitamina D con la depresión. Se sabe que las neuronas tienen receptores para la vitamina D y que, por tanto, que los llamados winter blues (depresión estacional invernal) como le llaman los anglosajones no sea una casualidad sino una mera consecuencia del descenso de la vitamina D cuando los rayos de Sol tienden a desparecer. Al menos dos estudios han mostrado una clara correlación de menor nivel de vitamina D con mayor probabilidad de padecer depresión.

Antes decía que el Sol era capaz de mejorar los niveles de dopamina (un neurotransmisor involucrado en la euforia) como de serotonina (como dije, neurotransmisor de ‘la felicidad’). Cómo lo hace quizás sea una cosa mucho más simple de lo que podríamos suponer. Sencillamente, mejorar la dopamina y la serotonina son dos cosas que hace la vitamina D. Un estudio australiano publicado en 2002 con 100 varones estableció que la exposición al Sol más intenso se correlacionaba con los niveles más altos de serotonina.

¿Te has preguntado por qué los habitantes de zonas tropicales -en muchos casos aun sufriendo las penurias de sistemas caudillistas, caciquistas o colectivistas- parecen disfrutar de una mayor felicidad que tantos otros habitantes de países bastante más prósperos y libres? Quizás ahí esté la respuesta. No en los libros o manuales de política o economía, y por desgracia en casi ninguno de medicina. Sino ahí arriba. En el Sol.